Negligencia o diligencia

Miércoles, 8 Octubre   

La negligencia se nutre de nuestros “olvidos”, que no son tales, sino el deseo de no recordar aquellas cosas tediosas, pesadas, difíciles, en síntesis, “lo que no queremos hacer”. Por eso olvidamos, por eso respondemos tantas veces con el terrible estribillo “me olvidé”, que quiere decir, “no quise recordarlo”.

La negligencia se nutre con nuestras dilaciones: “todavía tengo tiempo, aún falta para…, mañana lo haré, ya veré si encuentro alguien que lo haga, no hay apuro… “. Esas postergaciones equivalen a olvidos; la única diferencia es que, en lugar de relegar las obligaciones al subconsciente, las relegamos en el tiempo.

La negligencia se nutre con las cosas hechas a medias, para salir del paso, para cumplir con lo justo o algo menos, sin que se note demasiado la escasa efectividad. Esas cosas hechas a medias son peores que las mal hechas: si hemos de dar el ejemplo, poco lo daremos con un trabajo al que le faltan detalles, mal terminado, con dudosa calidad, a lo que se suma el mal gusto de echarle la culpa a otros compañeros, o a las “difíciles circunstancias”, por lo que pudo haber sido y no fue.